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2 de marzo de 2015

¿Tu hijo tiene miedo?

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez? El miedo es una emoción que experimentamos desde que somos pequeños y que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Los miedos son una respuesta a algo desconocido o que se perciben como peligrosas. Podemos expresar el miedo de diferentes maneras: gritando, nos paralizamos, salir corriendo, sudoración, evitación de una situación…

Los miedos son adaptativos. Esto quiere decir que si no tuviéramos miedos no manifestaríamos señales de alarma y por tanto pondríamos en peligro nuestra seguridad. De esta manera, los miedos nos sirven para defendernos y estar alerta ante situaciones peligrosas y poder poner en marcha la respuesta de huída o protección.

Miedos habituales en niños

Que los niños tengan miedos es normal, ya que muchos de ellos son evolutivos. Esto quiere decir que durante la etapa infantil hay miedos que son comunes, y que podemos considerar “normales”, a la mayoría de los niños y que con el tiempo ellos mismos los van superando. Es importante dotar al niño de las habilidades necesarias para que pueda hacer frente a estas situaciones y que su seguridad en sí mismo aumente cada vez más.

- Entre 0 y 1 año: muestran llanto ante estímulos desconocidos, como por ejemplo: los sonidos. fuertes, las personas extrañas, la separación de los padres, la oscuridad o los animales.

- Entre 2 y 4 años: muestran temor a los animales, a las personas disfrazadas, miedo a las tormentas.

- Entre los 4 y los 6 años: miedo a la oscuridad, a los seres imaginarios, a la separación de los padres.

- Entre 6 y 9 años: miedo al daño físico, a hacer el ridículo, al colegio.

- Entre 9 y 12 años: miedo al daño físico, a contraer enfermedades, miedo a las catástrofes, los conflictos entre los padres, a hacer el ridículo, al mal rendimiento escolar.

- Entre 12 y 18 años: miedos relacionados con la autoestima y las relaciones sociales.

¿Cómo podemos ayudarles a superarlo?

  • No perder la calma. La actitud de los padres es importante a la hora de superar el miedo. Si tú estas nervioso, pondrás a tu hijo más nervioso, ya que las emociones se contagian. Por ello evita enfadarte o ponerle en ridículo.
  • Ser comprensivos. Muéstrale tu apoyo y atención sin ser excesivamente protector. Los padres actúan como modelos antes sus hijos, de esta forma el ejemplo les ayudará a superar sus miedos.
  • Expresión emocional. Habla con tu hijo acerca de sus miedos y deja que exprese sus emociones, de forma que le ayudará a aliviar sus emociones.
  • Fomentar la autoestima. Cuando nuestra autoestima es buena nos resulta más fácil afrontar situaciones difíciles. Con los niños sucede lo mismo. Si un niño tiene una autoestima positiva, la probabilidad de superar el miedo con éxito será mayor.
  • Enfrentarse al miedo de forma graduada. Prepara situaciones en las que, de forma graduada, se enfrenta al miedo. Poco a poco podrá comprobar que tiene el control de la situación y que puede superarlo.
  • Crea una historia en la que él es el protagonista y se enfrenta al miedo de manera satisfactoria.


Tenemos que tener en cuenta que enfrentándonos a estas situaciones ponemos en marcha estrategias nos ayudan a cómo enfrentarnos a futuros problemas, por ello no hay que evitar que nuestro hijo tenga miedos.

Muchos de los miedos de los niños son pasajeros y los van superando solos, sin embargo, si los miedos persisten en tiempo y aumentan en intensidad habrá que valorar la intervención de un profesional.


Silvia Abbad-J.A.

29 de noviembre de 2014

¿Tengo un hijo creativo?

Seguramente habréis oído hablar de la creatividad. Pero realmente ¿sabemos qué es? Y ¿cómo sabemos si una persona es creativa o no? Quizá tengamos una idea un poco equivocada.

La creatividad se define como la capacidad que tenemos para crear. Cuando leemos esta definición, lo primero que se nos viene a la cabeza profesiones como artistas, diseñadores, pintores, arquitectos… todas ellas relacionadas con el diseño.



Podemos pensar que nosotros somos más o menos creativos en función de las ideas y la capacidad de crear e imaginar que tengamos. Sin embargo, todos tenemos esta capacidad más o menos desarrollada.
Una persona creativa también es aquella que es capaz de encontrar soluciones a los retos a los que nos enfrentamos día a día. Por esto, desarrollar esta capacidad es tan importante para nuestros hijos: para que se sepan desenvolver en distintas situaciones y sepan adaptarse a la sociedad.

El rol que cumplen los padres para que nuestros hijos desarrollen esta actitud, es fundamental, ya que depende del entrenamiento diario que hagamos con ellos.

Los niños, desde que nacen pueden ser estimulados para que desarrollen, ya que son muy curiosos. Podemos utilizar esta curiosidad y el descubrimiento del mundo exterior para desarrollar creatividad.

¿Qué ventajas tiene que nuestro hijo sea o no creativo?
- La creatividad ayuda a que el menor construya su autoestima.
- Aumenta la conciencia de uno mismo.
- Favorece y desarrolla la comunicación del niño.
- Favorece el proceso de socialización, permitiendo una mejor adaptación al medio.

Nosotros, como padres ¿qué podemos hacer para trabajar con nuestros hijos la creatividad?

- El juego es muy importante para que los niños desarrollen esta capacidad creativa. Desde juegos que conlleven utilizar materiales para crear, como las construcciones, los dibujos o utilizar objetos para adaptarlos a sus juegos. 

- Los juegos de roles también son una buena herramienta para resolver conflictos.

- Inventa historias o cuentos con tu hijo. De esta forma tendrá que imaginar acciones de los personajes e ir creando una historia. También podéis cambiar el argumento de algún, cuento que ya conozcáis o cuento popular.

- Los niños tienen la costumbre de preguntar el por qué de muchas cosas. ¡Aprovecha esta oportunidad para desarrollar la creatividad! Cuando te haga alguna pregunta, pregúntale qué piensa él.

- Fomenta su autonomía, de tal forma que poco a poco sea él quien se vaya enfrentando y solucionando pequeños retos o dificultades. 

- Educa a tu hijo con valores, como la tolerancia y el respeto y la aceptación de las diferencias.


Silvia Abbad-J.A.

15 de septiembre de 2014

¡Estudiar puede ser muy fácil!

Acaban de empezar las clases, retomamos la rutina y empezamos a adaptarnos a los nuevos horarios: levantarse pronto, los niños van a clase y los padres a trabajar, empiezan las actividades extraescolares… Y un año más hay que retomar los estudios.

A los niños les suele costar mucho esfuerzo sentarse en una silla a estudiar y hacer los deberes, y en especial después de tantas horas de colegio. Sin embargo, es la manera para evitar el fracaso escolar. En España, el fracaso escolar afecta a más del 30% de los estudiantes. Estas cifras se podrían mejorar si instauramos en los alumnos el hábito y técnicas de estudio adecuadas.

Un hábito es un comportamiento que repetimos regularmente. Estos comportamientos los vamos aprendiendo a medida que los repetimos, y los mejoramos aprendiendo de los errores que cometemos.

¿Cómo podemos instaurar el hábito de estudiar en nuestros hijos?


Que nuestro hijo sepa estudiar y tenga el hábito de hacerlo todos los días es beneficioso para desarrollar la capacidad de aprendizaje. Podemos empezar a enseñar a nuestros hijos este hábito a partir de los 7-8 años. Cuando son más pequeños van a requerir más de nuestra ayuda, y a medida que van creciendo irán adquiriendo más autonomía.

A la hora de instaurar un hábito es importante que el niño tenga una figura en la que fijarse, como un modelo que le guíe.

Los primeros días procura dar pautas a tu hijo de qué es lo que tiene que hacer y cómo. Cuanto más específicas sean las pautas mejor será las entenderá tu hijo.

Te proponemos que sigas estas pautas:

-          Procura que el lugar de estudio sea siempre el mismo, así como la hora de empezar a estudiar. Lo ideal es que tenga su propia mesa de estudio y que empiece a estudiar todos los días a la misma hora, por ejemplo al llegar a casa, después de merendar.

-          Planificar la semana. Es de utilidad hacer un horario en el que aparezcan los días de la semana y se vea reflejado: las horas que se van a dedicar al estudio, el tiempo de descanso (dependiendo de la edad, para los más mayores aprox. 20-30min cada hora y media) y otras actividades, como por ejemplo el deporte, clases particulares, tocar un instrumento…

Distribuye el tiempo de manera que pueda ser flexible, ya que en ocasiones una tarea nos lleva más tiempo o menos del que habíamos planificado.

-          Planifica el estudio diario en función de las asignaturas y los deberes. Es recomendable empezar siempre por la asignatura o tarea que resulte más complicada.

-          Antes de empezar a estudiar, revisad y preparad el material que vaya a necesitar, y ponedlo a su alcance, para evitar que se levante de la silla en numerosas ocasiones.

-          Técnicas de estudio. Si tus hijos son pequeños tendréis que trabajar sobre las diferentes técnicas de estudio hasta dar con la que mejor le conviene a tu hijo.

-          Tiempo de ocio. Todo trabajo y esfuerzo merece tener una recompensa. No olvides hace actividades con tus hijos, será el mejor refuerzo que les puedas dar.

No te olvides que este proceso puede ser un poco largo y sacrificado para los padres. A pesar de ello, cuanto antes aprendan sus obligaciones, en este caso estudiar, y cómo deben hacerlo, será más beneficioso para el niño.


Silvia Abbad-J.A.

5 de septiembre de 2014

¡Vuelta al cole!


Después de 2 meses de vacaciones en los que nos hemos divertido, hemos descansado y hemos olvidado cosas como madrugar, ahora tenemos que volver a la rutina. A las personas adultas nos cuesta trabajo volver a esa “normalidad” y a veces nos podemos olvidar de que a los más pequeños también les resulta complicado.


Por tanto, el síndrome postvacacional también afecta a los más pequeños de la casa.Este se manifiesta con síntomas como cansancio, irritabilidad o pérdida del apetito. En la actualidad, 3 de cada 10 niños sufren ansiedad e irritabilidad por la vuelta al cole.
¿Quieres evitar que le pase esto a tu hijo? Para ello el papel de los padres es importante. La vuelta a la rutina requiere de un proceso de adaptación, en el que se deben involucrar tanto a mayores como a niños, y que debemos ir adquiriendo paulatinamente.

Además, la actitud de los padres ante el inicio del nuevo curso y la vuelta a su propio trabajo también puede influir en la buena o mala adaptación a la rutina del niño. Los niños aprenden por imitación y observación, así que la forma de comportarse de los padres se va a ver reflejado en el comportamiento de los hijos.

¿Qué podemos hacer para que la vuelta al colegio no sea tan dura para nuestros hijos?

-          Recupera los horarios normales. Para evitar que se sienta cansado, es recomendable, unos días antes de empezar las clases, retomar los horarios de comidas y sueño, para que poco a poco se adapte a la nueva rutina.

-          Organizar el material escolar. Procura que tu hijo se involucre a la hora de ir a comprar o recoger los libros y material escolar, y que sienta curiosidad por las nuevas asignaturas y el temario para este curso escolar que empieza.

-          Prepara un ambiente de estudio. Lo idóneo es tener un sitio fijo donde poder hacer estudiar y hacer las los deberes y tareas  del colegio. Procura que este espacio sea tranquilo y alejado de elementos que puedan distraer al niño de sus tareas, como por ejemplo los juguetes o la televisión.

-          Muestra aspectos positivos de la vuelta al colegio: el reencuentro con los amigos, las horas del recreo, los juegos, las actividades extraescolares o el aprendizaje de nuevos conocimientos. Para aumentar su motivación recuérdale anécdotas divertidas vividas en el colegio durante los cursos anteriores.

Una vez recuperada con éxito la rutina, no olvides que dedicar parte del tiempo a disfrutar con tus hijos y hacer actividades en familia.


Silvia Abbad-J.A.

9 de abril de 2014

Estableciendo normas

Es frecuente que los padres se sientan desbordados cuando sus hijos no les hacen caso, cuando parece que no les escuchan, cuando hacen lo que quiere y cuando quieren. Estas situaciones se vuelven desagradables cuando los padres, por desesperación, les dan órdenes de forma inadecuada pensando que así sus hijos les harán caso inmediatamente.

Para evitar estas situaciones, los padres deberían determinar unos límites y unas normas, en los que se establece lo que pueden hacer y hasta dónde pueden llegar y que todos deben cumplir, ya que de lo contrario habrá consecuencias negativas.

Los límites y las reglas son importantes y necesarios para el correcto desarrollo y crecimiento del menor, ya que harán que se sienta más seguro y protegido. Debemos establecer normas dentro de la familia para un correcto funcionamiento de ésta, ya que regulan la vida cotidiana y evitan conflictos entre los miembros.

Características que deben tener los límites que vamos a establecer:

- El mensaje debe centrarse sobre la conducta, no sobre la valía del niño. Por ejemplo, si estamos hablando con nuestro hijo y nos interrumpe lo correcto es decirle “Espera que  termine de hablar y después podrás hacerlo tú”, en vez de decirle “Eres un pesado”.
- Ser lo más concretos posible, cuanto más especifiquemos lo que queremos más fácil será para nuestro hijo hacerlo bien. Si las órdenes son largas lo que conseguiremos es que el niño las ignore.
- Hablar con clama, sin gritar, ya que si lo hacemos de esta manera podemos encontrar como respuesta oposicionismo y rabietas por parte del menor.
- Fijar las consecuencias que traerá consigo el cumplimiento o no de la norma o límite.
- Lo más importante: actuar en consecuencia, tanto si lo ha cumplido, para ellos aplicaremos un refuerzo o premio, como si no, aplicando en este caso un castigo.

¿Cómo tenemos que dar una orden para que sea eficaz?

Las órdenes deben aplicarse en todos los casos, NO unas veces sí y otras no. Antes de dar una orden, nuestro hijo tiene que estar informado de cuáles son las normas y los límites que se han establecido y las consecuencias de su incumplimiento, así será más sencillo que la lleve a cabo.

- Deben ser claras y precisas (el niño tiene que saber exactamente qué es lo que se está pidiendo que haga).
- Ser comprensibles para los niños (hay que usar un lenguaje sencillo y adecuado a la edad del niño).
- No deben entrar en contradicción con otras.
- Deben darse de una en una, limitarnos a una sola instrucción y suficientemente espaciadas en el tiempo.
- Deben estar expresadas de una forma positiva. Cuando damos órdenes negativas estamos atendiendo a lo que no tiene que hacer, pero no le decimos qué es lo adecuado.
- Debe darse un refuerzo al pequeño por llevarlo a cabo.

Hay veces que tenemos que negarle algo y por ello ¿soy mal padre/madre cuando le digo a algo que no? No hay que sentirse culpables por decir no. Se trata de un aprendizaje para el futuro, para enfrentarse a muchas frustraciones. En ocasiones solemos utilizar justificaciones para evitar decir no a nuestros hijos (por miedo a cómo vaya a reaccionar, por el poco tiempo que pasamos con ellos, si estamos cansados…), sin embargo debemos ser asertivos y decir no cuando haya que decirlo.

El trabajo de educar a nuestros hijos es duro y que requiere constancia, hay que ponerlo en práctica día a día. Además es muy importante el acuerdo de los padres ante todo, hay que armarse de paciencia y actuar siempre del mismo modo. 


Silvia Abbad-J.A.

24 de marzo de 2014

Inculcando el valor de la responsabilidad

Enseñar a nuestros hijos a ser más responsables es una de las tareas más difíciles que tenemos como padres. Se trata de una tarea que requiere constancia y paciencia por parte tanto de los niños como de nosotros mismos. Es una labor que debemos llevar a cabo desde que son pequeños, de esta forma les ayudaremos a fomentar su autonomía.

En ocasiones nos encontramos padres que refieren que: “mis hijos no hacen nada en casa”, “si no se lo digo mil veces no me hace caso”, “al final lo tengo que acabar haciendo yo porque sino…” etc. Problemas como estos son muy habituales en las familias y los podemos evitar si desde que son pequeños les enseñamos a que cada uno tiene una serie de tareas en casa.
La responsabilidad de los niños se va a adquirir y desarrollar progresivamente, en función de la edad y las capacidades de cada niño. Para ello la presencia de los padres es crucial, ya que ellos son los que les van a dirigir y dar pautas para que puedan lograrlo.

¿Cómo podemos conseguir que mi hijo tenga responsabilidades?:
  •     Delegar en nuestro hijo alguna tarea. Para ello debemos dejar claro qué tarea queremos que haga (recoger los juguetes, vestirse solo, poner la mesa, limpiar su habitación…). Las tareas deben estar adaptadas a la edad de cada niño y a sus capacidades.
  •          La tarea que les vayamos a proponer debe estar explicada de forma clara, exponiendo cuándo y cómo hacerlo. Cuanto más específica sea la tarea mejor. (“mete los juguetes dentro del armario” es más específico “que recoge la habitación”).
  •          Una forma de aprender cosas nuevas es a través de la imitación. Cuando los niños son pequeños es de utilidad que los padres sean modelos y ellos les imiten a hacer la tarea, para que aprendan la mejor forma de realizarla.
  •          Después les podemos dar pautas verbales, dando instrucciones, de cómo llevar a cabo la tarea y poco a poco retirar la ayuda.
  •        Felicitar por el trabajo bien hecho, y en caso que sea necesario dar pautas para próximas ocasiones.
  •      Dejar que se equivoque, evitando hacer la tarea por él. Hay que tener paciencia. Debemos dejar que aprendan de sus propios errores y sean capaces de solucionarlo.

Pautas que tenemos que tener en cuenta:
  •        Ambos padres deben estar de acuerdo con las tareas, no debe haber discrepancias, ya que los niños se podrían aprovechar de ello.
  •        Todos los miembros de la familia deben tener tareas, para que ello no genere discusiones.
  •        Mostrar confianza en él, dándole mensajes de apoyo, como “sé que puedes hacerlo”.
  •        Dedicar tiempo para el juego y el disfrute de actividades en familia.

Si dejamos que los niños empiecen a tener cada vez más responsabilidades estamos favoreciendo su autoestima debido a que se ven capaces de conseguir hacer cosas “de mayores”.


Silvia Abbad-J.A.

2 de marzo de 2014

Prevenir la obesidad infantil

Cifras de los últimos años indican que casi un 20% de los niños españoles son obesos. Si tienes un hijo, seguramente te hayas preguntado en alguna ocasión cómo hacer para alimentarle bien. Nos gustaría decirte que la justa preocupación por cómo dar de comer a un niño es legítima, al igual que lo es decidir qué colegio te parece el adecuado para escolarizarlo, o controlar lo que lee o ve en la televisión.
 
Que un niño padezca obesidad afectará a su desarrollo y su vida diaria. Ya en la infancia el exceso de peso produce enfermedades físicas y cambios anatómicos en el cuerpo del niño. Además de esto tu hijo podría sufrir problemas psicológicos como baja autoestima o problemas para relacionarse con otros niños. Ser obeso en la infancia es un riesgo para mantener esa obesidad a lo largo de la vida adulta. 

Por ello, sin obsesionarte, has de poner atención en qué come tu hijo. Nuestra recomendación es que el criterio para decidir su alimentación sea la salud, es decir, que el niño coma aquello que le permita estar saludable. No es adecuado trasmitir a tu hijo preocupaciones estéticas (asimilar el sobrepeso con la fealdad), que son propias de la edad adulta, y que podrían generar malestar y problemas psicológicos futuros en el niño.

Para tener éxito en la regulación de la alimentación, te recomendamos que los cambios que introduzcas se puedan mantener a lo largo de la vida, ya que de nada sirve llevar a cabo cambios extremos que no se podrán mantener siempre y generarán seguramente desórdenes en la alimentación y el frecuente efecto rebote (ganar incluso más peso del que se había conseguido bajar).

Por ello, te proponemos una serie de cambios que podrías introducir en la alimentación de tu hijo para que sea más saludable:

• Su menú debe ser variado y sin reducciones calóricas drásticas. Dicho esto, se recomienda: usar cereales integrales y lácteos desnatados, no abusar de la carne roja o sus derivados y promover el consumo de legumbres y frutos secos.
• Las raciones que le sirvas han de ser adecuadas a su edad, no sólo es importante la calidad sino también la cantidad.
• Los alimentos poco saludables o que contengan un exceso de calorías (algunas bollerías industriales, por ejemplo) no deben estar a la vista, ni ser alimento habitual en la despensa de tu casa.
• El agua es la bebida que mejor calma la sed. No recurras a dar a tu hijo zumos por sistema, si contienen exceso de azúcar, ni mucho menos bebidas carbonatadas.
• Genera un cambio de hábitos en tu hijo:
            • Hacer ejercicio adecuado a su edad y su condición física. Te recomendamos   los deportes pautados (por ejemplo, apuntarlo a natación o un equipo de un   deporte que le guste). También es importante recordar que los niños aprenden          con el ejemplo, así que practica deporte tú también.
            • Reduce las actividades sedentarias. No es adecuado más de 2 horas de           televisión al día. Lo mejor es que lo eduques para que se divierta haciendo    otras cosas más activas.
• Haz de la comida un momento agradable y un tiempo de compartir. Intenta que la mayor parte de las comidas sean en familia.
• Se recomienda que los niños aprendan a comer despacio; inténtalo con tu hijo.


Sobre todo y más importante, recuerda que tu objetivo es que tu hijo tenga una relación saludable con la comida, que tenga feeling con ella. Evita trasmitirle una preocupación obsesiva por ella o la idea de que comer es peligroso. Disfrutad comiendo juntos. 

Roberto Baztarrica

26 de febrero de 2014

Haciendo frente al acoso escolar

La preadolescencia resulta especialmente complicada para los chicos. Tienen que hacer frente a  cambios evolutivos y con éstos, a cambios personales y psicológicos. Es frecuente que estos cambios den lugar a fluctuaciones en el humor, nerviosismo, temores… En esta etapa, los adolescentes son especialmente vulnerables ante situaciones de abuso en el aula. La personalidad de los chicos se está formando y encontramos desde estilos de interacción inhibida, pasando por la equilibrada y por relaciones basadas en la dominación.

Es frecuente que en esta etapa, las amistades cambien, las relaciones entre ellos sean tensas o ambivalentes (“amor-odio”) por lo que es determinante que se tenga una idea clara de qué consideramos maltrato para poder prevenirlo o para “actuar a tiempo”. Entendemos por maltrato “toda acción reiterada a través de diferentes formas de acoso u hostigamiento entre dos alumnos o entre un alumno y un grupo, en el que la víctima está en situación de inferioridad respecto al agresor”. De modo, que se considera tanto las agresiones físicas o el acoso sexual, como los insultos, motes, las amenaza, “hacer el vacío” o “marginar” a las víctimas.

Las estadísticas señalan la alta incidencia de nuevos casos de abuso entre menores. Esto se debe a que cada vez, los jóvenes encuentran nuevos medios para llevar a cabo este tipo de comportamientos (móvil, redes sociales, chats colectivos…) Estos últimos resultan especialmente incómodos y desagradables para los adolescentes, ya que en la mayoría de las ocasiones, el agresor es anónimo. A pesar de ello, los recursos para detectarlos son cada vez mayor y por ello los casos son abordados con cada vez mayor prontitud.

Señales que indican que nuestro hijo puede estar siendo maltratado:
  •          Se muestra triste y angustiado. Presenta síntomas depresivos.
  •          Está más nervioso, asustadizo o distraído.
  •          Aparecen conductas regresivas (micción nocturna, pesadillas…), tics nerviosos, labilidad emocional.
  •          Rechaza ir al colegio y todo lo relacionado con él. Miente y finge enfermedades con frecuencia.
  •          No tiene un grupo de apoyo.
  •          Presenta contusiones, heridas…
  •          Desaparecen tus pertenencias (móvil, dinero, mp4, ropa…)

Que nuestro hijo presente una o varias de estas señales, no significa que necesariamente esté siendo víctima de malos tratos en el aula. Si observamos alguna de ellas, así como otros comportamientos desajustados, es recomendable indagar más hablando con nuestro hijo, preguntando a su tutor…

Qué hacer cuando se confirma que nuestro hijo es víctima de acoso escolar:
  •          Apoyar y crear un clima de confianza en casa.
  •          Favorecer que nos cuente todo lo que ha ocurrido. Es necesario mostrar empatía y comprensión.
  •        Elogiar todos sus méritos y cualidades personales. Reforzar el esfuerzo y fortaleza que ha mostrado al confiar en nosotros.
  •         Ayudar a que cree nuevos grupos de actividades. Comprobar que sean entornos seguros.
  •     Mostrarnos dispuestos a escuchar e intentar ayudarles. Se debe llevar a cabo una supervisión para conocer el estado del problema.
  • Contactar con el centro escolar e informar de lo sucedido. Si las agresiones se mantienen, se puede acudir a la AMPA o al Defensor del Menor. Si observamos que hay un alto riesgo de peligrosidad, denunciar a la Policía. 


Paula Gordillo

22 de febrero de 2014

Mi hijo tiene rabietas

Es frecuente encontrar padres que se quejan de las rabietas que tienen sus hijos, sobre todo cuando éstas aparecen en lugares públicos o reuniones familiares. Pero ¿qué entendemos por “tener una rabieta”? 


En primer lugar hay que señalar que las rabietas son algo normal y evolutivo. La etapa en la que se presentan con más frecuencia es de los 1 a los 3 años, coincidiendo con la adquisición del lenguaje.

Se consideran rabietas a los estallidos de frustración o ira como consecuencia de una falta de control emocional por parte del niño. Normalmente, aparecen cuando no son capaces de comunicar sus necesidades o cuando no ven satisfechos sus deseos. En estos casos aparecen conductas como escupir, pegar, patalear, gritos, insultos, lloros… Todos estos comportamientos son muy molestos y estresantes para los padres, por lo que se suele ceder a las exigencias del niño para acabar con esa situación.  Pero debemos saber que aunque a corto plazo parezca la solución, a largo plazo se convierte en un problema mucho mayor.

Pautas para hacer frente a las rabietas:

ü  Tómate tiempo para relajarte. Eres el modelo de tu hijo, si tú pierdes el control ante la frustración, es probable que el aprenda a hacer frente frustración  del mismo modo.

ü  No quites valor a la causa de la rabieta. Evita comentarios como “¿por esta tontería te pones así?” o “pareces un energúmeno”

ü  Proponle alternativas a la reacción que está teniendo. Por ejemplo: “intenta relajarte y cuéntame qué es lo que te ocurre o vete a tu dormitorio y cuando estés más tranquilo hablamos”

ü  Si el niño es pequeño y continúa muy nervioso, llévalo fuera y espera a que se relaje. Es esperable que tras unos minutos, el niño comience a tranquilizarse. Durante el periodo que dure la rabieta, ignora su comportamiento y sólo está receptivo cuando se comunique de forma adecuada.

ü  Indaga sobre qué situaciones provocan rabietas, para enseñarle a hacer frente a ellas.

ü  Intenta prevenirlas, por ejemplo: cede en aspectos poco importantes, ofrece distintas opciones, dirígete a tu hijo de forma amistosa cuando le des una orden…

Como decíamos al principio, las rabietas son algo normal que tienden a suavizarse con el paso del tiempo pero que se controlen antes o después, depende en gran medida de nuestra actitud y autoridad como padres.

Paula Gordillo

9 de febrero de 2014

Mi hijo tiene celos

Muchas son las causas que pueden originar que un niño tenga celos. Algunas de ellas pueden ser una nueva pareja del padre/madre, debido a una enfermedad del hermano…  Sin embargo la causa de celos más relevante es el nacimiento de un hermano. Estas son situaciones  estresantes, a las que el niño tiene que hacer frente y por tanto adaptarse. En ocasiones, este proceso puede resultar complicado y el niño se comporta de una determinada manera, afectando al funcionamiento normal de la vida familiar.

La incorporación de un nuevo individuo a la familia, supone, para el pequeño, la pérdida de afectividad y atención recibida hasta ahora, por lo que puede verse desplazado en cuanto a la relación que tenía con sus progenitores. Hay que entender que los celos son normales y forman parte del proceso de socialización. Cuando el niño percibe, ya sea real o imaginario, que la atención que recibe es menor y que sus necesidades no son atendidas como antes, aparecen los celos. 

Los celos se pueden manifestar de diversas formas:
- El niño desobedece las órdenes de los padres, muestra oposicionismo.
- Niega los errores y culpabilizar al hermano de ello.
- Lleva a cabo conductas para llamar la atención de sus padres, incluso cuando éstos están atendiendo al pequeño. Pueden ser conductas como por ejemplo: pedir que les miren, hacerles continuamente preguntas… 
- Aumento de la frecuencia e intensidad del llanto y de las rabietas. 
- Aparición de conductas regresivas, que son evolutivamente incongruentes con la edad del niño: chuparse el dedo, imitar conductas de bebé...
- Cambios en el patrón de sueño: pueden aparecer pesadillas, dificultades para dormir… Y problemas en la alimentación.
- Problemas físicos: dolores de cabeza, dolores estomacales, vómitos…

¿Qué podemos hacer si nuestro hijo tiene celos de su hermano?
  • Debemos premiar los comportamientos que estén orientados al afecto, atención y los cuidados hacia el hermano.
  • Prestarle atención e ignorar las conductas celotípicas.
  • Dar responsabilidades adaptadas a su edad.
  • Evitar las comparaciones entre hermanos.
  • Evitar cambiar sus rutinas tras la llegada del nuevo miembro de la familia.
  • El castigo es la última alternativa que utilizaremos, e intentando cambiar una conducta incorrecta por una más adecuada
Quizá haya otros problemas secundarios a los celos y que también es conveniente trabajarlos, como la agresividad, la baja autoestima, el bajo rendimiento escolar…

Silvia Abbad - J.A.

29 de enero de 2014

El apego

¿Quién no siente cariño hacia alguien? Cuando somos pequeños sentimos cariño hacia nuestros cuidadores, especialmente hacia las madres, ¿a que se debe? Esto se explica por la teoría del apego.  


Bowlby desarrolla esta teoría tras una investigación con niños y su figura materna. El apego lo define como un vínculo que se desarrolla el niño con los padres o cuidadores. Esta unión proporciona seguridad emocional, indispensable para el desarrollo de la personalidad, por eso es importante que se establezca un vínculo en las primeras etapas del desarrollo.  

Pero esta característica no es exclusiva de la especie humana, sino que también está presente en otras especies y tiene la misma finalidad, la protección y perpetuación de la  especie.

El vínculo entre el bebé y sus padres viene dado en parte por las conductas innatas de éste: la succión, prensión, llanto, sonrisa; y por las respuestas de los padres a sus necesidades básicas, el contacto corporal que le proporcionan y el lenguaje.

En función de la conducta de los padres hacia su hijo el tipo de apego puede variar y por tanto la respuesta de los bebés hacia ellos y su desarrollo personal será diferente. Ainsworth, tras sus estudios con bebés y la separación de la madre, dedujo que existen 3 patrones de apego: 
  • Apego seguro: Los cuidadores se muestran cercanos, atienden a las necesidades del niño y le dan cariño. Así la persona tenderá a ser más positiva, segura de sí misma y se mostrará amable con otras personas. 
  • Apego inseguro-evitativo: En este caso, el cuidador deja de atender, o lo hace tarde, las necesidades del niño y las conductas de protección, por lo que le impide que desarrolle sentimientos de confianza. Estos se muestran inseguros de sí mismos y con los demás. 
  • Apego inseguro-ambivalente: Los cuidadores atienden a los niños de manera inconsistente, atendiendo a sus necesidades en unas ocasiones, mostrándose sensibles y cálidas, y en otras no, siendo distantes con ellos. El comportamiento del niño será de inseguridad hacia los demás.

La figura de apego se muestra como una figura de protección y seguridad ante lo desconocido, por lo que cuando esta falta, pueden aparecer síntomas ansiosos y en función de determinadas variables desarrollar problemas psicológicos. 


     Silvia Abbad-J.A.

25 de enero de 2014

Premios o castigos, ¿Cuál es la mejor forma de educar a mi hijo?

A la hora de educar a nuestros hijos o de tratar de inculcar un comportamiento adecuado a un niño, nos surgen grandes dificultades y limitaciones. ¿Cuál es la mejor forma? ¿Cómo lograr que me haga caso? ¿Qué hacer para que lleve a cabo las conductas que le pido? ¿Hay alguna forma de que deje de hacer las cosas mal?

Las leyes del aprendizaje: “refuerzo y castigo” nos dan respuesta a estas dudas. Debemos saber que un correcto establecimiento de límites ayudará a nuestro hijo a saber comportarse de una forma adecuada en cada una de las situaciones a lo largo de su vida; por tanto debemos enseñarle a que los logros llegan tras el esfuerzo y que una actitud inadecuada tendrá una consecuencia negativa.

La mejor estrategia para lograr esto es reforzar todas las conductas del niño que sean adecuadas, adaptativas y positivas; de modo que las repetirá en sucesivas ocasiones buscando el reconocimiento. Dicho refuerzo debe ser siempre verbal (un mensaje positivo), acompañando de algo físico si fuera posible de forma aleatoria (un abrazo, una galleta, más tiempo para jugar…).
Es fundamental que los refuerzos sean siempre proporcionales al acto realizado, y aconsejablemente lo más próximo a la conducta que queremos que el niño continúe haciendo. El refuerzo es la mejor estrategia ya que siempre dota al niño de conocimientos y pautas de acción que se mantendrán a largo plazo.

¿Pero qué hacemos cuando el niño se porta mal?

En este caso es el castigo la alternativa adecuada, pero debemos saber que existen dos modos de aplicar el castigo:
-Castigo positivo: Consiste en presentar un estímulo negativo para el niño (un grito, un golpe…)
-Castigo negativo: Consiste en quitar al niño algo que le es agradable (quedarse sin realizar una actividad, tener que pagar una “multa”…) este tipo de castigo es el recomendable, debido a que su eficacia es superior al castigo positivo.

El castigo nunca debe ir solo, sino acompañado de una aclaración precisa de qué es lo que se ha hecho mal (de modo que el niño asociará dicho acto con algo negativo) y con una muestra de la alternativa correcta que estamos buscando. Además debemos reforzar al menor cuando sea capaz de realizar la alternativa deseada.
Otra estrategia adecuada es la extinción de la conducta, es muy recomendable cuando el niño realiza conductas para atraer nuestra atención (ya que ésta es un refuerzo para él). En este caso, trataremos de evitar atender las conductas inadecuadas (lloros, gritos, rabietas) y reforzaremos al niño cuando haya logrado calmarse.

Por tanto, para un adecuado funcionamiento del niño debemos inculcar buenos hábitos desde que son pequeños, siendo la clave: Reforzar y valorar todas las cosas que haga bien y vayan aproximándose a la conducta final que deseamos de él.

Lucía Alonso Pérez

19 de enero de 2014

Negociando con tu hijo adolescente

Los estilos educativos han evolucionado en los últimos años, nada tienen que ver con las pautas que aplicaban nuestros padres y abuelos. 
Ha cambiado la interacción entre padres e hijos,  fomentando la educación basada en las consecuencias y en las leyes del aprendizaje.

Es cierto que en el núcleo familiar son las figuras parentales quienes establecen las normas y los límites; pero no debemos olvidar que los menores también tienen sus derechos.
Al mismo tiempo que los niños crecen, deben crecer así sus deberes, responsabilidades y derechos. Pero es toda la familia quien debe adaptarse a las nuevas necesidades.
Por tanto el equilibrio entre todo ello y el establecimiento de unas consecuencias adecuadas, facilitarán una interacción eficaz entre padres e hijos.

Una vez llegado a la adolescencia el menor tratará de cruzar límites y buscar su propia autonomía, pudiendo generar discrepancias, discusiones y situaciones desagradables si no se maneja correctamente.
La negociación es una buena herramienta, fundamental que ayuda a establecer un equilibrio entre ser permisivo y restrictivo como padres.

La clave de la negociación es la exposición por ambas partes de ¿Qué queremos? y ¿Qué estamos dispuestos a dar a cambio? Donde el resultado final se basa en una decisión conjunta intermedia y no una imposición, aunque la aceptación final la toman los padres, ya que mantienen su papel de autoridad.

Con ello no solo fomentamos la participación del adolescente y aumentamos su sensación de escucha y aceptación en la familia, sino que le dotamos de un ejemplo y una herramienta eficaz que podrá aplicar en distintos ámbitos de su vida.

Algunos factores decisivos para que esta práctica sea efectiva son:

-Que ambas partes se preparen para la negociación.
-Buscar el momento más adecuado.
-Establecer, exponer con claridad y comprender los objetivos.
-Escuchar activamente a tu hijo.
-Estar receptivo a ceder ante las peticiones y marcar consecuencias claras.
-Si se llega a un acuerdo final entre ambas partes, es aconsejable sellar un trato, como por ejemplo un contrato simbólico.

Lucía Alonso Pérez