27 de febrero de 2014

Los 6 ciegos y el Elefante

En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.
Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.

El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.
El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”
Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.
Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.
El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.
El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

- Nuestra verdad es solo la porción de realidad que percibimos.-

(Parábola India)

26 de febrero de 2014

Haciendo frente al acoso escolar

La preadolescencia resulta especialmente complicada para los chicos. Tienen que hacer frente a  cambios evolutivos y con éstos, a cambios personales y psicológicos. Es frecuente que estos cambios den lugar a fluctuaciones en el humor, nerviosismo, temores… En esta etapa, los adolescentes son especialmente vulnerables ante situaciones de abuso en el aula. La personalidad de los chicos se está formando y encontramos desde estilos de interacción inhibida, pasando por la equilibrada y por relaciones basadas en la dominación.

Es frecuente que en esta etapa, las amistades cambien, las relaciones entre ellos sean tensas o ambivalentes (“amor-odio”) por lo que es determinante que se tenga una idea clara de qué consideramos maltrato para poder prevenirlo o para “actuar a tiempo”. Entendemos por maltrato “toda acción reiterada a través de diferentes formas de acoso u hostigamiento entre dos alumnos o entre un alumno y un grupo, en el que la víctima está en situación de inferioridad respecto al agresor”. De modo, que se considera tanto las agresiones físicas o el acoso sexual, como los insultos, motes, las amenaza, “hacer el vacío” o “marginar” a las víctimas.

Las estadísticas señalan la alta incidencia de nuevos casos de abuso entre menores. Esto se debe a que cada vez, los jóvenes encuentran nuevos medios para llevar a cabo este tipo de comportamientos (móvil, redes sociales, chats colectivos…) Estos últimos resultan especialmente incómodos y desagradables para los adolescentes, ya que en la mayoría de las ocasiones, el agresor es anónimo. A pesar de ello, los recursos para detectarlos son cada vez mayor y por ello los casos son abordados con cada vez mayor prontitud.

Señales que indican que nuestro hijo puede estar siendo maltratado:
  •          Se muestra triste y angustiado. Presenta síntomas depresivos.
  •          Está más nervioso, asustadizo o distraído.
  •          Aparecen conductas regresivas (micción nocturna, pesadillas…), tics nerviosos, labilidad emocional.
  •          Rechaza ir al colegio y todo lo relacionado con él. Miente y finge enfermedades con frecuencia.
  •          No tiene un grupo de apoyo.
  •          Presenta contusiones, heridas…
  •          Desaparecen tus pertenencias (móvil, dinero, mp4, ropa…)

Que nuestro hijo presente una o varias de estas señales, no significa que necesariamente esté siendo víctima de malos tratos en el aula. Si observamos alguna de ellas, así como otros comportamientos desajustados, es recomendable indagar más hablando con nuestro hijo, preguntando a su tutor…

Qué hacer cuando se confirma que nuestro hijo es víctima de acoso escolar:
  •          Apoyar y crear un clima de confianza en casa.
  •          Favorecer que nos cuente todo lo que ha ocurrido. Es necesario mostrar empatía y comprensión.
  •        Elogiar todos sus méritos y cualidades personales. Reforzar el esfuerzo y fortaleza que ha mostrado al confiar en nosotros.
  •         Ayudar a que cree nuevos grupos de actividades. Comprobar que sean entornos seguros.
  •     Mostrarnos dispuestos a escuchar e intentar ayudarles. Se debe llevar a cabo una supervisión para conocer el estado del problema.
  • Contactar con el centro escolar e informar de lo sucedido. Si las agresiones se mantienen, se puede acudir a la AMPA o al Defensor del Menor. Si observamos que hay un alto riesgo de peligrosidad, denunciar a la Policía. 


Paula Gordillo

24 de febrero de 2014

He perdido a un ser querido

En algún momento de nuestra vida vamos a experimentar la pérdida de un ser querido. Tras ello se desarrolla un proceso de duelo. Este es un proceso normal y doloroso, por el cual nuestro cuerpo tiene que adaptarse a esa pérdida y en el que experimentamos con gran intensidad emociones negativas, siendo habitual tener también emociones positivas y por ello no debemos asustarnos. Este proceso tiene una duración e intensidad variable según las personas.

El duelo se manifiesta a través de distintos componentes:
  • Cognitivas: Preocupaciones, imágenes o pensamientos recurrentes, ideas de culpa, dificultad en atención, concentración y memoria…
  • Físicas: Alteraciones en el sueño y el apetito, dolor de cabeza o de estómago, palpitaciones, opresión en el pecho…
  • Motoras: Aislamiento social, enlentecimiento, hiperactividad, hablar con el fallecido, llorar, llevar objetos del fallecido… 
  • Emocionales: tristeza, enfado, impotencia, ansiedad, anhelo, alivio…

¿Qué hacer para superar la pérdida?

Reconociendo que se trata de un proceso doloroso, debemos aceptar la pérdida, ya que nos permitirá adaptarnos a la vida diaria sin el fallecido. Tenemos que ser conscientes de que la persona que nos falta es un referente, y tenemos que empezar a reconstruir una nueva vida sin él y asumir nuevas funciones.  Es positivo, y facilita que el proceso de duelo siga su curso, que mantengamos y aumentemos las conductas adecuadas que ya llevábamos a cabo (trabajar, hacer ejercicio, llevar una alimentación sana, ver a los amigos…), reducir las que son desadaptativas (que ya hemos mencionado) y que son perjudiciales en estos momentos, y si fuera necesario instaurar unas nuevas

Tenemos que llegar a ser capaces de recordar a esta persona con afecto, sin remordimientos. A lo largo del proceso, son sentimientos que van a ir cambiando, pasando de la tristeza, al enfado hasta el cariño. 


Si a pesar de ello, las emociones negativas siguen siendo intensas, si existen pensamientos recurrentes a lo largo del día, alteraciones en el sueño o el apetito, si te encuentras sin ganas de hacer nada, no hay nada de que te haga sentir mejor… Es momento de que acudas a un especialista, para que te ayude a resolver el duelo de forma satisfactoria.

Silvia Abbad-J.A.

23 de febrero de 2014

¡SI LLUEVE, QUE LLUEVA! Pero no nos olvidemos de VIVIR

Está demostrado que los pensamientos positivos ayudan a que nos sintamos bien. Valorar las pequeñas cosas que tenemos y luchar por las que nos gustaría conseguir, hace que vivamos la vida con más ilusión y nos motiva a continuar.

La felicidad no existe ni en el futuro ni en el pasado. Es un estado emocional actual, un estado interno, que sólo podemos sentir en el presente. Puedes recordar un suceso pasado que fue positivo y sentirte contento al recordarlo, pero esa felicidad la estás sintiendo ahora, la vives ahora, la experimentas en el momento presente, no en el pasado, y eso es lo que le da valor, lo que la hace real y lo que todo el mundo busca cuando afirma que quiere ser feliz.

Pero las investigaciones confirman que nos acostumbramos muy rápido a sentirnos bien, y poco a poco las cosas positivas pierden el valor inicial.




 Por eso os invitamos a identificar, ver y sentir las cosas positivas de casa día por pequeñas e insignificantes que sean, dándoles el valor que se merecen y no dejando que pasen desapercibidas.

-          Valorar la familia y las amistades
-          Valorar la naturaleza
-          Valorar tus logros y los de la gente que te rodea
-          Valora tus conocimientos y habilidades
-          Valora el trabajo y el esfuerzo
-          Valora el tiempo a solas y el tiempo en compañía
-          Valora el silencio
-          Valora la vida

Y sobre todo…. vive la emoción positiva que todo ello te genera.

Lucía Alonso Pérez

22 de febrero de 2014

Mi hijo tiene rabietas

Es frecuente encontrar padres que se quejan de las rabietas que tienen sus hijos, sobre todo cuando éstas aparecen en lugares públicos o reuniones familiares. Pero ¿qué entendemos por “tener una rabieta”? 


En primer lugar hay que señalar que las rabietas son algo normal y evolutivo. La etapa en la que se presentan con más frecuencia es de los 1 a los 3 años, coincidiendo con la adquisición del lenguaje.

Se consideran rabietas a los estallidos de frustración o ira como consecuencia de una falta de control emocional por parte del niño. Normalmente, aparecen cuando no son capaces de comunicar sus necesidades o cuando no ven satisfechos sus deseos. En estos casos aparecen conductas como escupir, pegar, patalear, gritos, insultos, lloros… Todos estos comportamientos son muy molestos y estresantes para los padres, por lo que se suele ceder a las exigencias del niño para acabar con esa situación.  Pero debemos saber que aunque a corto plazo parezca la solución, a largo plazo se convierte en un problema mucho mayor.

Pautas para hacer frente a las rabietas:

ü  Tómate tiempo para relajarte. Eres el modelo de tu hijo, si tú pierdes el control ante la frustración, es probable que el aprenda a hacer frente frustración  del mismo modo.

ü  No quites valor a la causa de la rabieta. Evita comentarios como “¿por esta tontería te pones así?” o “pareces un energúmeno”

ü  Proponle alternativas a la reacción que está teniendo. Por ejemplo: “intenta relajarte y cuéntame qué es lo que te ocurre o vete a tu dormitorio y cuando estés más tranquilo hablamos”

ü  Si el niño es pequeño y continúa muy nervioso, llévalo fuera y espera a que se relaje. Es esperable que tras unos minutos, el niño comience a tranquilizarse. Durante el periodo que dure la rabieta, ignora su comportamiento y sólo está receptivo cuando se comunique de forma adecuada.

ü  Indaga sobre qué situaciones provocan rabietas, para enseñarle a hacer frente a ellas.

ü  Intenta prevenirlas, por ejemplo: cede en aspectos poco importantes, ofrece distintas opciones, dirígete a tu hijo de forma amistosa cuando le des una orden…

Como decíamos al principio, las rabietas son algo normal que tienden a suavizarse con el paso del tiempo pero que se controlen antes o después, depende en gran medida de nuestra actitud y autoridad como padres.

Paula Gordillo

19 de febrero de 2014

Para comunicarte mejor ¡Escucha!

Cada ser humano tiene la necesidad de comunicarse, de ser escuchado y de relacionarse con los otros. Una de las cosas que más determina nuestra relación con los demás es cómo nos comunicamos con ellos. Seguro que has tenido la experiencia, como nosotros, de querer hablar con alguien sobre algo, y sin saber muy bien por qué, no has conseguido lo que buscabas. Por ejemplo, has querido decirle a un amigo que algo que ha hecho te había molestado, y en vez de recibir por su parte unas disculpas, has recibido reproches hacia ti. Y es que tan importante es lo que digamos como el cómo lo digas.

Para empezar te proponemos que revises cuál es tu estilo comunicativo. Tu forma de comunicarte puede ir desde un estilo más agresivo hasta un estilo pasivo, pasando por término medio, que solemos llamar estilo asertivo.

Un estilo de comunicación más pasiva es aquel que hace que los derechos de los demás se antepongan a los tuyos. Por ejemplo: siempre acabas haciendo lo que tu pareja quiere, para que no se enfade. Si tu comunicación es pasiva seguramente consigas evitar muchos enfrentamientos y conflictos con la gente, ya que cedes a sus deseos, pero seguramente con el tiempo esto te haga sentir mal tanto hacia ti mismo (tristeza, baja autoestima, etc.) como hacia los demás (rencor, desconfianza, etc.)

Un estilo de comunicación más agresivo es aquel que hace que sólo te preocupes de tus derechos y de su satisfacción atropellando los de los demás. Por ejemplo: sabes que si gritas tu madre acabará haciendo lo que quieres. Si tu comunicación es agresiva seguramente consigas lo que quieres en cada momento, pero descubrirás que pasado un tiempo comienzas a sentirte mal y que los demás deciden huir de ti.

Un estilo de comunicación asertivo es aquel en el que defiendes tus derechos respetando los de los demás.

Normalmente, aunque nos caracterice más un determinado estilo, todos nos movemos entre los tres, siendo más agresivos en algunas situaciones o con algunas personas, o más pasivos.

Conseguir ser asertivo habitualmente es todo un arte, como casi todos los términos medios. En este post y en sucesivos te daremos sugerencias para que consigas comunicarte con equilibrio y tengas feeling con los demás. Comenzamos con saber escuchar. Ninguna conversación con otra persona puede llegar a buen puerto si no te tomas la molestia de escucharle. 

Te proponemos:

• Dedica todas tus energías a escuchar y enterarte de lo que te están contando. No cometas el error de utilizar el tiempo en el que el otro está hablando para pensar tu siguiente intervención.

• Haz manifestaciones verbales y gestuales de que estás escuchando al otro: afirma con la cabeza, muestra tu interés con el cuerpo, etc.

• Considera comunicarte como una oportunidad para entender al otro y para que te entiendan. Ver la comunicación como una guerra que tienes que ganar o como la batalla para conseguir lo que quieres es poco efectivo.

• Recuerda no juzgar al otro o a aquello que te está contando si no te lo pide expresamente. Que el otro se sienta juzgado es camino directo para que no quiera comunicarse contigo y vuestra relación se deteriore.

• No intentes ni interpretes lo que el otro te está queriendo decir, si el mensaje no te queda claro, haz preguntas respetuosas para que te lo aclaren.

• Valora el poder de escuchar: harás sentir bien a la otra persona, y la pondrás en disposición de querer entenderse contigo y de escucharte después a ti.

• Aprovecha para empatizar, para ponerte en el lugar del otro. Así su experiencia te enriquecerá.

Te proponemos por último un ejercicio: queda con alguien de tu confianza en los próximos días y proponte hablar con él escuchándolo de la manera que te hemos propuesto. Observa sus reacciones y cómo vuestra relación se ve más fortalecida. Ten feeling con los demás.



Roberto Baztarrica

18 de febrero de 2014

La importancia de dormir bien y descansar

Un buen descanso y un sueño reparador son necesidades básicas para el ser humano y fundamentales para que podamos disfrutar de un buen estado de salud y bienestar.

Además, sus implicaciones van mucho más allá que las relacionadas con el buen funcionamiento de nuestro organismo, ya que tanto la falta como una mala calidad del sueño tienen repercusiones negativas en el correcto funcionamiento durante el día, afectando a: Nuestra calidad de vida, salud, las relaciones sociales, laborales… llegando incluso a comprometer la actividad o seguridad de las personas que nos rodean.

El sueño ha sido considerado durante muchos años un fenómeno pasivo, ya que durante esta fase la actividad física es casi inexistente y la reacción frente a los estímulos externos es reducida; sin embargo, los avances médicos han puesto de manifiesto que es un proceso activo, con una importante actividad eléctrica cerebral e importantes cambios en el funcionamiento del organismo.

Por tanto podemos decir que el sueño es un estado fisiológico natural, indispensable para mantener un correcto equilibrio físico y psíquico, que acontece aproximadamente cada 24 horas, con independencia de la voluntad de la persona.
Sin embargo, dormir no es suficiente. Es importante que duermas una cantidad de horas necesarias y que el sueño permita restaurar la funcionalidad del organismo para poder afrontar de modo adecuado el día a día, así como mantener la energía, la termorregulación del cuerpo y consolidar la memoria, es decir que sea un sueño útil y reparador.

Existen distintos factores que influyen en la calidad del sueño, todos ellos de distinta naturaleza, como por ejemplo: el ritmo circadiano, factores del organismo, factores de la propia conducta y factores ambientales.

Cuando estos factores se alteran pueden dan lugar a diversos trastornos del sueño.

El trastorno de sueño más común es el insomnio, considerando éste como la dificultad para iniciar y/o mantener el sueño a lo largo de la noche y además son frecuentes los despertares durante el descanso nocturno o despertarse antes de lo normal. Puede estar inducido por factores predisponentes (salud, edad…), precipitantes (ansiedad, depresión…), perpetuantes (malos hábitos de higiene de sueño, alimentación…).
Todo ello genera signos a lo largo del día como somnolencia, fatiga, cansancio, alteraciones del humor, dificultad en la concentración y en la realización de tareas cotidianas, etc.


Por ello, puede considerarse un trastorno que afecta a las personas tanto durante la noche como durante el día. 


Lucía Alonso Pérez