29 de mayo de 2014

¿Eres emocionalmente inteligente?

Puede que ya hayas oído hablar sobre la “Inteligencia emocional” y su importancia en nuestro día a día. Pero, ¿qué significa realmente?

A lo largo de los años se han aportado diferentes definiciones, siendo la más popular la que define a la Inteligencia Emocional (IE) como la capacidad para manejar nuestras emociones con el fin de gestionar nuestro pensamiento y a la inversa, para que a través de nuestro razonamiento se puedan abordar las emociones.



Para que esto pueda llevarse a cabo debemos ser capaces de percibir lo que sentimos, estar abiertos a nuestras emociones sin rechazarlas,  comprender por qué aparecen y gestionarlas de forma adecuada. Aunque parece fácil, a veces nuestros cambios emocionales son debidos a que no hemos abordado de forma adecuada alguno de estos puntos.

Por tanto, parece que ser emocionalmente inteligentes es muy interesante y merece la pena trabajar para conseguir serlo. No obstante hay en algunas áreas en que resulta especialmente útil la inteligencia emocional:
  • Relaciones sociales: para la mayoría de nosotros la relación con los demás es una de las cosas que más satisfacción nos produce. La IE nos ayuda a expresar mejor nuestros objetivos, emociones, favorece la empatía y somos capaces de comprender mejor las reacciones de los demás. 
  • Rendimiento académico y laboral: la razón principal es que somos capaces de manejar de forma más adecuada emociones como el estrés, ansiedad, angustia… Y también permite que no nos dejemos atrapar por pensamientos de autocrítica y de falta de valía en nuestro desempeño diario
  • Equilibrio psicológico: la IE es un antídoto ante las emociones negativas y al mismo tiempo genera tanto pensamientos como sentimientos positivos. Esto es debido a que vemos la vida como menos peligrosa y somos capaces de hacer frente a las adversidades de la vida con mayor optimismo.
  • Conductas de riesgo: la investigación nos demuestra que la gestión adecuada de las emociones está relacionada con reducción de conductas de riesgo como el consumo de drogas. Cuando somos capaces de gestionar nuestros pensamientos y sentimientos, no necesitamos recurrir a “métodos” más desesperados para sentirnos mejor.


Y lo mejor de la Inteligencia Emocional es que podemos aprenderla y cultivarla. Si crees que es una asignatura pendiente, no te preocupes porque nunca es tarde para empezar en la aventura del desarrollo del crecimiento personal.



Paula Gordillo Montilla

27 de mayo de 2014

El cuento de la vaca

Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio: los habitantes, una pareja y tres hijos, vestidos con ropas sucias, rasgadas y sin calzado; la casa, poco más que un cobertizo de madera...

Se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: “En este lugar donde no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen para sobrevivir? El señor respondió: “amigo mío, nosotros tenemos una vaca que da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo. Así es como vamos sobreviviendo.”

El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, se despidió y se fue. A mitad de camino, se volvió hacia su discípulo y le ordenó: “Busca la vaca, llévala al precipicio que hay allá enfrente y empújala por el barranco.”

El joven, espantado, miró al maestro y le respondió que la vaca era el único medio de subsistencia de aquella familia. El maestro permaneció en silencio y el discípulo cabizbajo fue a cumplir la orden.

Empujó la vaca por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante muchos años.

Un bello día, el joven agobiado por la culpa decidió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar. Quería confesar a la familia lo que había sucedido, pedirles perdón y ayudarlos.

Así lo hizo. A medida que se aproximaba al lugar, veía todo muy bonito, árboles floridos, una bonita casa con un coche en la puerta y algunos niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia hubiese tenido que vender el terreno para sobrevivir. Aceleró el paso y fue recibido por un hombre muy simpático.

El joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años. El señor le respondió que seguían viviendo allí. Espantado, el joven entró corriendo en la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacia algunos años con el maestro.

Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño de la vaca): “¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?” El señor entusiasmado le respondió: “Nosotros teníamos una vaca que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así alcanzamos el éxito que puedes ver ahora"

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EL ÁRBOL DE LOS PROBLEMAS

Había contratado un carpintero para ayudarme a reparar mi vieja granja. Él acababa de finalizar su primer día de trabajo que había sido muy duro. Su sierra eléctrica se había estropeado lo que le había hecho perder mucho tiempo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar.


Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio.Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Nos dirigíamos a la puerta de su casa y se detuvo brevemente frente a un precioso olivo centenario tocó el tronco con ambas manos.



Al entrar en su casa, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara sonreía plenamente. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. La energía había cambiado completamente. Posteriormente me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del olivo, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo visto cuando entramos.

- Ese es mi árbol de los problemas, – contestó
- Sé que no puedo evitar tener problemas durante el día como hoy en el trabajo por ejemplo, pero no quiero traer estos problemas a mi casa. Así que cuando llego aquí por la noche cuelgo mis problemas en el árbol. Luego a la mañana cuando salgo de mi casa los recojo otra vez.
- Lo curioso es, – dijo sonriendo – que cuando salgo a la mañana a recoger los problemas del árbol, ni remotamente encuentro tantos como los que recuerdo haber dejado la noche anterior. Maestro: si te centras en el ahora desaparecen todos los problemas.

26 de mayo de 2014

¿Por qué nos cuesta reír?


El sentido del humor se considera un elemento esencial para la salud tanto mental como física. El sentido del humor mejora nuestro sistema inmunológico, respiratorio, libera endorfinas, combate el estrés, es un ingrediente esencial en las relaciones sociales, nos ayuda a ser más tolerante con las opiniones de los demás…  Como podemos ver, todo son ventajas.

Un dato interesante es que la localización del sentido del humor está en nuestro cerebro. Después de muchos estudios se ha determinado que se encuentra en la parte derecha del mismo, parte encargada de la creatividad, ingenio, imaginación… Esta zona también conecta de forma directa con el sistema límbico que es el centro emocional de nuestro cuerpo, aspecto que explica en parte por qué reír nos hace sentir tan bien.

Pero si el sentido del humor supone tantos beneficios, ¿por qué a veces nos cuesta tanto reír o sacar a la luz nuestro sentido del humor?
  •  Influencia de la sociedad: aunque a todos nos gusta tener a nuestro lado a personas alegres, divertidas o risueñas, solemos identificadas con personas despreocupadas, poco serias o inmaduras. También hemos sido educados para estar en los sitios con una actitud seria, correcta, sin alzar la voz. De hecho, hasta hace poco tiempo los occidentales consideraban esto como un desprecio o falta de educación. Por último, entre tanta tragedia que ocurre a nuestro alrededor (catástrofes naturales, asesinatos, enfermedades, conflictos políticos…) es muy complicado estar alegre y positivo, ingrediente esencial para poder reír y hacer reír a los demás.
  •  Nuestra forma de ser: si somos inhibidos, tímidos, reservados, inseguros… es menos probable que nos caractericemos por ser personas con un gran sentido del humor. Por otro lado, si tememos hacer el ridículo, decir alguna tontería es difícil que nos atrevamos a contar un chiste o a hacer alguna broma
  • Situaciones complicadas: ya sea porque no disponemos de recursos para hacerles frente o porque pensemos que no vamos a ser capaces. Estas preocupaciones suelen obstaculizar que seamos felices y que tengamos una actitud adecuada. Una de las emociones más perjudiciales contra el estado de ánimo, es el estrés.


Aunque con la edad vamos convirtiéndonos en personas más serias y “correctas” no debemos dejar que desaparezca del todo nuestra capacidad para reír, para disfrutar de las cosas y para tomarnos la vida con humor.

“Uno no deja de reír por hacerse viejo, se hace viejo porque deja de reír” Anónimo



Paula Gordillo Montilla

25 de mayo de 2014

No tengas miedo a equivocarte

Cuántas veces no te ha salido algo que has hecho como esperabas y te has dicho: “Espero hacerlo mejor la próxima vez”. O intentas hacer algo y siempre te sale mal y te dices: “Parece que nunca aprendo”. Cada vez que tenemos que tomar una decisión nos surge la duda de si estaremos haciendo lo correcto o nos estaremos equivocando.

Equivocarse es algo natural, sin embargo nos da miedo y muchas veces nos culpamos por ello. Este miedo a equivocarnos nos impide que hagamos cosas nuevas, ya que solemos anticipar un suceso que tiene connotación negativa para nosotros. 
Por ejemplo: el miedo a proponer una nueva idea en el trabajo, esta dominada por la idea de que los demás me la van a rechazar y criticar, como consecuencia no propondrás esa idea a los demás.

Muchas veces el miedo está alimentado por nuestros pensamientos y nuestras percepciones, que nos juegan una mala pasada, y por ello dejamos de intentar o probar cosas nuevas, privándonos de la oportunidad de mejorar.
Tenemos que tener en cuenta que los errores forman parte de nuestro aprendizaje. Los seres humanos, al igual que otros animales, aprendemos mediante la formula de ensayo y error. El secreto: practicar hasta que lo conseguimos.
Por ejemplo, un bebé cuando empieza a andar al principio es torpe, se tropieza, no apoya bien los pies para mantenerse y necesita de ayuda de un adulto. Sin embargo, a medida que pasan los días va adquiriendo esa destreza que finalmente dominará.

¿Cómo podemos aprender de nuestros errores?
  •           Ten confianza en ti mismo
  •           No te culpes por equivocarte
  •           No seas demasiado perfeccionista
  •          Refuerza los pequeños cambios
  •          Controla tu ira o frustración
  •           No te dejes llevar por los pensamientos negativos
  •           Envíate mensajes positivos y de ánimo
  •           Nunca dejes de intentarlo

Por lo tanto, para aprender tenemos que equivocarnos, y si esto no sucede quizá no estamos aprendiendo algo nuevo, sino que lo estamos haciendo siempre igual. Debemos cambiar la visión del error como algo negativo. Ver los errores, fallos, las equivocaciones como una forma de aprender y mejorar, tanto a nivel personal como profesional y social.
Cada error nos ofrece una nueva oportunidad de aprendizaje, no la desaproveches.


Silvia Abbad-J.A.

21 de mayo de 2014

El arquero y la luna

 Érase una vez un joven muchacho que quería ser el mejor arquero del mundo.
Se dirigió un día al que se consideraba el mejor maestro arquero de su país, y le expresó su deseo: 
-Maestro, quisiera ser el mejor arquero del mundo, ¿qué podría hacer? -preguntó el joven-.
-Si quieres ser el mejor arquero del mundo, debes alcanzar con una de tus flechas a la Luna. Hasta ahora nadie lo ha conseguido. Tú serías el primero si lo lograras, y al hacerlo, nadie cuestionaría que eres el mejor -respondió el maestro-.
De este modo, el muchacho decidió seguir el consejo que le había sido dado. Preparó su arco y sus flechas, y cada noche disparaba a la Luna que salía tras el horizonte del mar. Cada noche, perseverante, sin faltar ninguna vez a su cita, fuera la Luna llena, menguante, creciente, incluso cuando era nueva y apenas se adivinaba su leve luz.
Los vecinos y amigos se burlaban de él. “El loco de la Luna”, le llamaban. Pero él, ignorando los insultos, provocaciones y ofensas, seguía cada noche en su empeño.
El caso es que nadie sabe si en alguna ocasión alcanzó la Luna, pero su empeño y los millones de disparos de flechas que realizó en su intento por alcanzarla tuvieron un premio secundario: se convirtió, sin duda, en el mejor arquero del mundo. Era imbatible, de noche, y por supuesto, a plena luz del día. 

19 de mayo de 2014

El miedo a hablar en público

¿Te da miedo hablar delante de un grupo de personas? ¿Lo pasas mal cuando tienes que llevar a cabo una presentación? ¿Crees que te vas a quedar en blanco o harás el ridículo? ¿No lo puedes controlar?

El miedo y la ansiedad al hablar en público es más común de lo que nos imaginamos, los estudios dicen que aproximadamente el 34% de la población general presenta este problema.

Como ya sabemos el ser humano es un ser social, y pasamos nuestro día a día en interacciones sociales, creando así nuestra vida. Muchas de estas situaciones son con conocidos (amigos, familia, trabajo…) pero también participamos en nuevas situaciones (personal de comercios, servicios públicos, reuniones, centros de estudios…) siendo estás últimas donde se presenta mayor dificultad.

Hablar en público es una necesidad. Un porcentaje elevado de personas optan por evitar todas las interacciones que les generan ansiedad, lo que provoca un deterioro significativo de la actividad del individuo y en ocasiones el agravamiento del problema. Otras personas visitan un especialista, ya que en la sociedad actual no podemos permitirnos evitar todas las situaciones sociales que nos rodean, siendo frecuente cuando dicho problema afecta a nuestra vida profesional.

Los pensamientos y los cambios fisiológicos que sentimos al hablar en público, son tan negativos que limita la posibilidad de volver a repetirlo. Por tanto es aconsejable cambiar los pensamientos por unos más adaptativos y saber que es normal que nuestro cuerpo reaccione y esté en alerta, pero variando el foco hacia nuestro discurso y ensayando la exposición, comprenderemos que poco a poco esta situación será menos desagradable y podremos llevar a cabo nuevas exposiciones sin temor a que algo malo ocurra.

¿Qué puedes hacer si crees que el miedo te supera?

-No evitar las situaciones que te generan ansiedad, darte la posibilidad de experimentar qué sucede, ¿qué es lo peor que puede pasar? Y si es así ¿qué hay de malo en eso?

-Ensayar qué cosas tienes que decir, y llevar a cabo relajación previa a la exposición.

-Visitar a un profesional, con él podrás trabajar de forma individual, siendo además conveniente realizar un trabajo de exposición ante desconocidos, de manera gradual y controlada.


 Lucía Alonso Pérez